Josué - Analisis del libro de Josué
I. El cruce del río (1–5)
A.
La comisión de Josué (1)
B.
El pacto con Rahab (2)
C.
El cruce del Jordán (3–4)
D.
La circuncisión en Gilgal (5)
II.
La conquista del enemigo (6–12)
A.
La campaña central: Jericó; Hai; Gabaón (6–9)
B.
La campaña al sur (10)
C.
La campaña al norte (11)
D.
Los reyes derrotados (12)
III.
Demandan la herencia (13–24)
A.
Territorio tribal asignado (13–19)
1.
Canaán oriental (13–14)
2.
Canaán occidental (15–19)
B.
Designación de ciudades especiales (20–21)
1.
Ciudades de refugio (20)
2.
Ciudades sacerdotales (21)
C.
Territorio de las tribus fronterizas (22)
D. Amonestación a
la nación entera (23–24)
Notas
preliminares a Josué
I. Tema
Se ha recalcado antes que Canaán es un tipo de la herencia del
cristiano en Cristo. Canaán no es un cuadro del cielo, porque el creyente no
tiene que batallar para obtener su hogar celestial. Canaán representa la
herencia de Dios, dada al creyente y tomada en posesión por fe. La vida
cristiana victoriosa es de batallas y bendiciones, pero también es de descanso.
En Hebreos 4–5 vemos que la entrada de la nación a Canaán es un cuadro del
creyente entrando a la vida de reposo y victoria mediante la fe en Cristo.
Demasiados cristianos están «a mitad del camino» en sus vidas espirituales:
entre Egipto y Canaán. Han sido libertados de la servidumbre del pecado, pero
aún no han entrado por fe a la herencia del reposo y victoria. El tema de Josué
es cómo entrar y posesionarse de esta herencia.
II. Josué el hombre
Josué nació en la esclavitud egipcia. Su padre era Nun, de la tribu
de Efraín (1 Cr 7.20–27); no sabemos nada acerca de su madre. Originalmente su
nombre era Oseas, que significa «salvación», pero Moisés se lo cambió a Josué,
que significa «Jehová es salvación» (Nm 13.16). Era un esclavo en Egipto y
sirvió como ministro de Moisés durante el peregrinaje de la nación (Éx 24.13).
También dirigió el ejército en la batalla contra Amalec (Éx 17) y fue uno de
los dos espías que tuvieron la fe para entrar en Canaán cuando la nación se
rebeló en incredulidad (Nm 14.6ss). Como resultado de su fe, se le permitió (junto
con Caleb) entrar en la tierra prometida. La tradición judía dice que Josué
tenía ochenta y cinco años cuando ocupó el lugar de Moisés a la cabeza de la
nación. Josué 1–12 (la conquista de la tierra) abarca aproximadamente los
siguientes siete años; pasó el resto de su vida dividiendo la herencia y
gobernando a la nación. Murió a los 110 años (Jos 24.29). El NT aclara que
Josué es un tipo de Cristo (Heb 4.8, en donde «Jesús» debe traducirse «Josué»).
El nombre «Jesús» en el griego es equivalente a «Josué»; ambos significan
«Salvación de Dios» o «Jehová es el Salvador». Así como Josué conquistó a
enemigos terrenales, Cristo ha derrotado a todo enemigo a través de su muerte y
resurrección. Fue Josué, no Moisés (que representa la ley), quien introdujo a Israel
en Canaán, y es Jesús el que nos conduce al reposo y victoria espiritual. Así
como Josué asignó a las tribus su herencia, Cristo nos ha dado nuestra herencia
(Ef 1.3ss).
III. Las naciones derrotadas
Quienes se oponen a la inspiración de la Biblia disfrutan atacando
los pasajes de Josué que relatan la guerra y la matanza (6.21, por ejemplo).
«¿Cómo puede un Dios de amor ordenar tal masacre?», preguntan. Tenga presente
que Dios les dio a esas naciones cientos de años para arrepentirse (Gn
15.16–21), sin embargo rehusaron volverse de sus perversos caminos. Si usted
desea saber cuáles eran «las obras de Canaán», ¡lea Levítico 18 y tenga
presente que estas prácticas inmorales eran parte de la adoración religiosa
pagana! Cada pecador en la nación (tal como Rahab, Jos 2 y 6.22–27) podía ser
salvo por fe; y hubo adecuada advertencia dada de antemano. (Lea Jos 2.8–13.)
Dios algunas veces usa la guerra para castigar e incluso destruir naciones que
se olvidan de Él. Dios hizo destruir a estas naciones perversas para
castigarlas por sus pecados y, así como un médico que desinfecta sus
instrumentos para matar a los gérmenes, Él protege a su pueblo de los caminos
impíos.
Josué 1–2
«Dios sepulta a sus obreros, pero su obra continúa». Israel se
acababa de lamentar por Moisés y ahora Dios le habla a Josué con respecto a sus
responsabilidades como nuevo líder de la nación.
I. La comisión de Josué (1)
A. Dios le habla a Josué (vv. 1–9).
Dios escogió a Josué para ser el sucesor de Moisés desde la misma
batalla con Amalec (Éx 17.8–16; nótese el versículo 14). A Moisés se le dijo
que recordara a Josué y que escribiera en su libro que Amalec debía ser
exterminado. En Números 27.15ss Dios instruyó a Moisés que «ordenara» a Josué;
y en Deuteronomio 31.7ss Moisés dio una palabra final de bendición y estímulo a
su sucesor. Debe haber fortalecido grandemente a Josué saber que Dios lo llamó,
porque tenía una tremenda tarea por delante.
Nótese que Dios le da mucho aliento a Josué: (1) la promesa de la
tierra, vv. 2–4; (2) la promesa de su presencia, v. 5; y (3) la seguridad de
que Dios cumpliría su palabra, vv. 6–9. Es interesante estudiar los verbos que
Dios usa: «la tierra que yo les doy» (v. 2); «os he entregado» (v. 3); «tú
repartirás a este pueblo por heredad la tierra» (v. 6). Él ya les había dado la
tierra; ¡todo lo que tenían que hacer era marchar por fe y tomar posesión de
ella! Dios ya nos ha dado «toda bendición espiritual» en Cristo (Ef 1.3). Todo
lo que necesitamos hacer es marchar por fe y disfrutar de nuestras posesiones.
Así como Dios estaba con Moisés, estaría con Josué: «No te dejaré,
ni te desampararé» (v. 5). Esta promesa se le repitió a Salomón (1 Cr 28.20) y
a nosotros en Hebreos 13.5–6. Los líderes y los tiempos cambian, pero Dios no.
Nótese que se exige valor en la vida cristiana (vv. 6–7, 9), pero que este
valor lo suple la Palabra de Dios (v. 8). Moisés había estado escribiendo «el
libro de la ley» (Éx 17.14; 24.4–7; Nm 33.2; Dt. 31.9–13) y este libro se le da
ahora a Josué. Debía leerlo, meditar en él día y noche, y obedecer sus
mandamientos. Véase Salmos 1.1–3 y 119.15. Si Josué pudo conquistar Canaán
teniendo sólo los cinco primeros libros de la Biblia, ¡cuánto más nosotros
debemos vencer ahora que tenemos la Biblia completa!
B. Josué le habla al pueblo (vv. 10–15).
Aquí tenemos una «cadena espiritual de mando». Dios mandó a Josué
(v. 9); Josué mandó a los líderes (v. 10); y los líderes debían mandar al
pueblo (v. 11). Esto es liderazgo espiritual bajo el mandato de Dios, y este
mismo modelo debe prevalecer en la iglesia del NT. Josué les dijo a los líderes
lo que Dios le dijo y ellos rápidamente llevaron el mensaje a su pueblo. Tres
días después cruzarían el Jordán y entrarían en la tierra prometida, y tenían
que prepararse para el acontecimiento. «Tres días» sugiere resurrección: la
nación estaba a punto de tener un nuevo comienzo en una nueva tierra. Las tres
tribus que se separaron decidieron vivir en el otro lado del Jordán (véase Nm
32.16–24), pero prometieron ayudar a conquistar la tierra antes de tomar
posesión de su propia herencia. Josué les recordó su obligación.
C. El pueblo le habla a Josué (vv. 16–18).
Qué maravilloso es cuando el pueblo de Dios honra a Dios al respetar
y seguir a sus líderes espirituales. Véase Deuteronomio 34.9. Al contrario de
los cristianos carnales de Corinto (1 Co 1.11–17), no se dividieron en grupos,
con los seguidores del muerto Moisés oponiéndose a los seguidores de Josué.
¡Todos siguieron al Señor! Nótese su oración por Josué en el versículo 17 y su
aliento en el versículo 18. Años antes Josué había visto su división y oído sus
murmuraciones. ¡Cuán agradecido debe haber estado por este espíritu de armonía!
II. El pacto con Rahab (2)
Los arqueólogos han hecho una gran investigación en Jericó. Nos
dicen que la ciudad ocupaba alrededor de dos hectáreas, con una muralla interna
y otra externa rodeando la ciudad. Tanto la muralla interna como la externa
tenían dos metros de espesor y había casas sobre ellas (v. 15). La altura de
sus muros era alrededor de quince metros y las excavaciones muestran que estas
murallas fueron «destruidas violentamente». De las muchas personas que vivían
en Jericó sólo sabemos el nombre de una: Rahab, la ramera (véanse Heb 11.31;
Stg 2.25). Ella es un cuadro de la historia espiritual del creyente en
Jesucristo:
A. Era una pecadora.
El pecado en este caso era impureza moral, pero «todos han pecado, y
están destituidos de la gloria de Dios» (Ro 3.23). No era raro en esos días que
las prostitutas administraran posadas.
B. Estaba bajo condenación.
Ya Dios había declarado condenada la ciudad de Rahab; era sólo
cuestión de tiempo para que la sentencia de muerte se ejecutara. Todo y cada
persona en la ciudad sería destruida (6.21), ¡sea que la gente se sintiera
condenada o no! Jericó es un cuadro del mundo condenado de hoy. La gente no
puede sentirse confiada y en paz, porque la muerte se avecina.
C. Se le dio un período de gracia.
La ciudad había sido destinada para el juicio desde muchos años
antes (Dt 7.1–5, 23–24; 12.2–3). ¡Génesis 15.13–16 nos recuerda que Dios esperó
400 años antes de permitir que el juicio viniera sobre la tierra! Rahab y los
demás residente de Jericó oyeron del éxodo de Egipto (Jos 2.10) ocurrido
cuarenta años antes. Josué 4.19 y 5.10 añade otros días de espera, llevando a
la semana adicional que Israel marchó alrededor de la ciudad (6.14). ¡Qué
paciente es Dios!
D. Oyó la Palabra de Dios.
Fue un mensaje de juicio lo que oyó Rahab, pero le presentó al
verdadero Dios. Nótese que en su conversación llama a Dios «Jehová».
E. Creyó en la
Palabra.
«La fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios» (Ro
10.17). Es la fe la que salva al pecador, incluso al más malo (Ro 4.5). En
Hebreos 11.31 se nos dice que Rahab fue salva por fe. Nótese que la seguridad
procedía de la Palabra: «Sé que Jehová os ha dado esta tierra» (v. 9).
F. Demostró su fe por obras.
El hecho de que arriesgó su vida para recibir, ocultar y proteger a
los espías es prueba de que Rahab confiaba en Dios. Se identificó con el pueblo
de Dios, no con los paganos que la rodeaban. Véase Santiago 2.25.
G. Debía ganar a otros.
¡Piense en el riesgo que corría Rahab al hablar de la Palabra con su
familia! Cuando la gente confía en Cristo, su primer deseo es testificarle a
otros, especialmente a su familia (Jn 1.35–42; Mc 5.18–20).
H. Fue librada del juicio.
Había un juicio doble sobre la ciudad: primero, el terremoto que la
destruyó; luego, el fuego que destruyó todo lo que había dentro. La casa de
Rahab estaba en la muralla (2.15), ¡pero evidentemente esa sección de la
muralla no cayó! Después que sacaron de la casa a Rahab y sus seres queridos,
Josué ordenó que se destruyera con fuego el resto de la ciudad. Quizás Rahab y
su familia se sintieron perturbados cuando las cosas comenzaron a estremecerse,
pero estaban perfectamente seguros en las manos de Dios (6.22–25). Los
cristianos de hoy ven al mundo estremecerse por todos lados, pero pueden estar
seguros de que Dios los rescatará antes de enviar su juicio de fuego sobre el
mundo (1 Ts 1.10; 5.9).
I. Asistió a una boda.
En Mateo 1.5 encontramos a Rahab incluida por matrimonio en la
nación judía, ¡y nombrada del linaje del Mesías! Mientras que el pueblo de
Jericó sufrió la muerte, ¡Rahab y su familia disfrutarían de una fiesta de
bodas! Véanse Apocalipsis 19.7–9 y 17.19. Rahab fue salva por fe, no por
carácter u obras religiosas. Esta es la única manera en que Dios salva a las
personas (Ef 2.8–9). ¿Ha confiado usted en Jesús como Rahab confió en Josué?
Josué 3–5
I. El milagro del cruce (3)
A. El pueblo santificado (vv. 1–5).
Como nuestro Josué del NT (Mc 1.35), Josué se levantó muy de mañana
para meditar en la Palabra (1.8; 3.1) y prepararse para las obligaciones
diarias. No se le dijo a Josué que inventara un método para cruzar el
desbordado Jordán, porque Dios le dio todas las instrucciones necesarias. La
palabra clave en este capítulo es arca, que se usa diez veces. Por supuesto, el
arca simbolizaba la presencia de Dios. El arca marchaba delante del pueblo para
guiarlos y debía permanecer en la mitad del río hasta que toda la nación
hubiera pasado. Cristo siempre va delante de su pueblo para abrir el camino,
pero la gente debe santificarse (véase 2 Co 7.1) y estar lista para la
dirección de Dios. Dios iba a guiar a los judíos de una nueva manera (v. 4) y estos
debían estar listos.
B. Josué magnificado (vv. 6–8).
Por supuesto, toda la gloria se debe a Dios, pero Él ve apropiado
magnificar a sus siervos para que su pueblo pueda honrarlos (1 Cr 29.25; 2 Cr
1.1; véase Jos 4.4). Fue Josué el que ordenó a los sacerdotes y les dio
instrucciones a los líderes para el pueblo. El pueblo de Dios debe magnificar a
Cristo (Flp 1.20–21), pero Dios también se deleita en magnificar a su pueblo
cuando le obedece (Hch 5.12–13).
C. El Señor glorificado (vv. 9–13).
En el éxodo Dios demostró ser el Señor y el verdadero Dios junto al
cual los dioses de Egipto no eran sino ídolos inofensivos. Ahora Dios
demostraría ser el «Señor de toda la tierra» (vv. 11, 13; véanse Sal 97.5; Miq
4.13). ¡Todos los dioses de las naciones paganas caerían ante Él! Dios
demostraría su poder al contener las aguas del inundado Jordán y permitir que
su pueblo cruzara en tierra seca.
D. La Palabra verificada (vv. 14–17).
¡Ocurrió como Dios lo dijo! Los sacerdotes fueron delante, llevando
el arca, y cuando sus pies se mojaron en el agua, ¡Dios abrió el río delante de
ellos! (¡Algunas veces el pueblo de Dios tiene que «mojarse los pies» por fe
antes de que Dios empiece a obrar! Véase Jos 1.2–3.) Los sacerdotes entonces
avanzaron hasta la mitad del río y se detuvieron allí mientras que todo Israel
pasaba al otro lado. Luego pasaron ellos también. ¡Qué cuadro perfecto de
Cristo! Él va delante de nosotros para abrir el camino; se queda con nosotros
hasta que hayamos cruzado; ¡y luego nos sigue para protegernos! Dios cumplió su
Palabra según su pueblo confió en Él y le obedeció.
Es instructivo contrastar el cruce del Mar Rojo (Éx 14–15) y el
cruce del Jordán. El primero ilustra separación del pasado (Egipto, el mundo),
en tanto que el segundo es un cuadro de la entrada por fe en nuestra herencia
espiritual en Cristo. El enemigo fue derrotado de una vez por todas cuando el
ejército egipcio se ahogó en el Mar Rojo, pero los judíos tenían que ganar una
victoria tras otra cuando cruzaron el Jordán y entraron en Canaán. En la cruz
Jesús derrotó a nuestros enemigos, pero tenemos que caminar y hacer la guerra
por fe si hemos de tener victoria cada día. «Cruzamos el Jordán» cuando
entramos por fe en la experiencia de victoria de Romanos 6–8.
II. Los monumentos del cruce (4)
Dos montones de piedras fueron levantados: uno por los doce hombres
seleccionados en la orilla del río (3.12; 4.1–8) y uno por Josué en medio del
río (4.9–10). Debían ser monumentos recordando el cruce y para nosotros nos dan
maravillosas verdades espirituales.
Las doce piedras en la orilla del Jordán procedían del medio del río
(v. 8), como evidencia de que Dios dividió las aguas e hizo cruzar a su pueblo
con seguridad. Las doce piedras ocultas en medio del río sólo Dios podía
verlas, pero también hablaban del cruce maravilloso de Israel. Estos dos
montones de piedras son un cuadro de la muerte y sepultura de Cristo (las
piedras ocultas) y la resurrección (las piedras en la orilla). Al mismo tiempo,
ilustran la unión espiritual del creyente con Cristo; cuando murió, nosotros
morimos con Él; fuimos sepultados con Él; ¡resucitamos en victoria con Él!
Véanse Efesios 2.1–10; Gálatas 2.20; Colosenses 2.13; Romanos 6.4–5. Hoy la Iglesia tiene dos
monumentos de esta gran verdad: (1) el bautismo nos recuerda que el Espíritu de
Dios nos ha bautizado en Cristo, 1 Corintios 12.13; (2) la Cena del Señor señala hacia
atrás, a su muerte, y hacia adelante, a su Segunda Venida.
Los judíos no podían lograr la victoria en Canaán y vencer al
enemigo sin antes atravesar el Jordán. Tampoco los cristianos de hoy puede
vencer a sus enemigos espirituales a menos que mueran a sí mismos, se
consideren crucificados con Cristo y le permitan al Espíritu darles el poder de
la resurrección. Repase la explicación de esta verdad en los Bosquejos
expositivos del Nuevo Testamento sobre Romanos 5–8.
III. La señal del pacto (5)
Tan pronto como los judíos estuvieron seguros en el otro lado, Dios
les ordenó que recibieran la señal del pacto, la circuncisión (Gn 17).
Colectivamente como nación habían atravesado la experiencia de «muerte» al
cruzar el río. Ahora debían aplicar esa «muerte a sí mismos» individualmente.
Por toda la Biblia la circuncisión física es siempre un cuadro de
una verdad espiritual. Por desgracia los judíos dieron más importancia al rito
físico que a la verdad espiritual que enseñaba (véase Ro 2.25–29). La
circuncisión es un cuadro de quitarse lo que es pecaminoso, y en el NT se
ilustra con despojarse del «viejo hombre» de la carne (Col 3.1ss; Ro 8.13). No
es suficiente que diga: «Morí con Cristo»; debo hacer esta verdad práctica en
mi vida diaria al «hacer morir» las obras de la carne. El judío del AT se
despojaba de una pequeñísima parte de su carne. Por medio de Cristo, no
obstante, el cristiano del NT se ha despojado «del cuerpo pecaminoso carnal»
(Col 2.9–13). Esta operación en Gilgal, entonces, es una ilustración de la
verdad de que cada creyente debe vivir «crucificado con Cristo» (Gl 2.20).
Los varones judíos no habían recibido esta señal del pacto durante
su peregrinaje por el desierto y por una buena razón: Su incredulidad suspendió
temporalmente su relación de pacto con Dios (Nm 14.32–34). Cuando rehusaron
entrar en Canaán debido a su incredulidad, Dios «los entregó» a años de
peregrinaje hasta que muriera la vieja generación. Ahora la nueva generación
iba a recibir la señal del pacto. «El oprobio de Egipto» quizás significa el
oprobio que los egipcios (y otras naciones) acumularon sobre los judíos
mientras estos deambulaban por el desierto (véanse Éx 32.12ss; Dt 9.24–29). Su
incredulidad no glorificó a Dios y las naciones paganas dijeron: «¡El Dios de
ustedes no es lo suficiente fuerte para llevarlos a Canaán!» Ahora Dios los
hacía entrar en la tierra prometida y el oprobio había desaparecido.
La nueva generación cruzó el Jordán, pero no atacaron de inmediato a
Jericó. ¡Muchos de los cristianos de hoy se hubieran precipitado a la batalla!
Pero Dios sabía que su pueblo necesitaba prepararse espiritualmente para la
lucha que quedaba por delante, de modo que les hizo esperar y descansar.
Mientras lo hacían, celebraron la Pascua. Cuarenta años antes la nación fue
liberada de Egipto en aquella noche de Pascua.
Dios les dio nuevo alimento: el «fruto» (espigas) de la tierra. El
maná era el alimento para la nación cuando eran peregrinos, pero ahora se
establecerían en la tierra. Véanse Deuteronomio 6.10–11 y 8.3. Las espigas
hablan de Cristo en la bendición de la resurrección, porque la semilla debe
sepultarse antes de que pueda dar fruto (Jn 12.24). El orden de los hechos nos
recuerda de nuevo su muerte, sepultura y resurrección: guardaron la Pascua (su muerte) y
comieron del fruto de la tierra (resurrección).
La principal lección de estos capítulos es clara: no puede haber
conquista sin la muerte a uno mismo (cruzar el Jordán) e identificación con la
resurrección de Cristo (los dos monumentos de piedras). Antes de que los judíos
pudieran lograr la victoria sobre el enemigo, tenían que experimentar la
victoria sobre el pecado y ellos mismos.
Josué 6
La conquista de Israel de esta poderosa ciudad es una ilustración de
varias verdades espirituales prácticas: (1) Es la fe la que se sobrepone a los
obstáculos, Hebreos 11.30 y 1 Juan 5.4; (2) Las armas que usamos son
espirituales, 2 Corintios 10.4; (3) Cristo es el vencedor y podemos confiar en
Él completamente, Juan 16.33. Los cristianos se enfrentan a muchos «Jericós» en
la vida diaria y a menudo se sienten tentados a darse por vencidos, como los
espías lo hicieron en Cades (Nm 13.28ss). Pero ninguna muralla es demasiado fuerte
para el Señor. ¡Por fe ganamos la victoria y nos posesionamos de la herencia!
I. El capitán de los ejércitos (5.13–6.5)
Jericó era una ciudad cerrada. Josué estaba cerca de la ciudad y vio
a un hombre con una espada desenvainada. Sin temor Josué le preguntó al hombre
que declarara quién era, ¡y descubrió que era el Príncipe de los Ejércitos de
Jehová! Este es el título «de batalla» del Señor; habla de su comando supremo
de los ejércitos de Israel y del cielo. (Véanse Sal 24.10 y 46.7, 11; 1 R 18.15;
Is 8.11–14; Hag 2.4; Stg 5.4.) Jesucristo descendió para dirigir la batalla y
Josué rápidamente reconoció su liderazgo. El primer paso hacia la victoria es
confesar que usted es el segundo al mando.
No puede haber victoria para el Señor en público a menos que
experimentemos adoración al Señor en privado. Josué se postró sobre su rostro
en adoración; se quitó su calzado en humildad; y le entregó sus planes a su
Comandante al decir: «¿Qué dice mi Señor a su siervo?» Como soldados cristianos
(2 Ti 2.3; Ef 6.10ss), debemos someternos a Cristo y escuchar sus órdenes en la Palabra. Cristo le
dio a Josué las órdenes exactas para vencer la ciudad (6.2–5) y todo lo que
tenía que hacer era obedecer por fe. «Yo he entregado en tu mano a Jericó»,
prometió Cristo. Pero el pueblo tenía que marchar por fe y posesionarse de la
victoria.
Los hombres armados debían encabezar la procesión (vv. 3, 7),
siguiéndoles siete sacerdotes con trompetas (v. 4). El arca debía venir luego
(vv. 4, 7) y después el resto del pueblo («la retaguardia») cerraba la
procesión (v. 9). La procesión debía marchar alrededor de Jericó una vez
durante seis días en absoluto silencio excepto por las trompetas sonando (v.
10). El séptimo día debían marchar alrededor siete veces (lo que hacía un total
de trece marchas) y en la séptima marcha debían tocar las trompetas y gritar.
¡Qué extraño plan para librar una guerra! Pero los caminos de Dios no son
nuestros caminos y Él usa lo que el mundo llama «necio» para confundir a los
poderosos (1 Co 1.26–31).
Dios nos ha dado en su Palabra todo lo que necesitamos saber para
esparcir el evangelio y conquistar al enemigo. Triste es decirlo, demasiados
cristianos (e iglesias) inventan sus propios planes, tomando prestados esquemas
forjados por el hombre y sus esfuerzos al final fracasan. Si escuchamos las
órdenes de nuestro Capitán y las obedecemos, Él nos dará la victoria.
II. La conquista de la ciudad (6.6–25)
Es fácil ver por qué Israel salió victorioso sobre el enemigo:
A. Obedecieron a sus líderes (vv. 6–9).
En Josué 1 notamos la «cadena espiritual de mando» y aquí la vemos
en acción. El pueblo escuchó con respeto la Palabra de Dios de sus líderes y
obedeció lo que Dios ordenó. Manifestaron unidad, cooperación y un solo sentir
en las filas; y Dios les dio la victoria.
B. Tuvieron paciencia y fe (vv. 10–14).
¿Podía Dios entregar la ciudad a Josué en el primer día? ¡Sin duda!
Pero el requisito de seis días de marcha (durante los cuales a la gente no se
le permitía hablar) fue un gran medio de disciplina para la nación. La fe y la
paciencia van juntas (Heb 6.11–15). Mantener silencio y esperar el tiempo
designado por Dios también requería disciplina. Santiago 3.1–2 nos enseña que
la gente que puede controlar su lengua es madura en la fe; véase también
Proverbios 16.32.
C. Confiaron en Dios para lo imposible (vv. 15–16).
¿Quién ha oído de tomar una ciudad usando gritos y trompetas como
armas? Pero el arca (representando la presencia de Cristo) estaba con ellos y
esto quería decir que Dios haría la obra. Con Dios, todas las cosas son
posibles. Véase Jeremías 33.3.
D. Obedecieron a Dios en cada detalle (vv. 17–25).
El botín de la ciudad debía ser «dedicado a Dios» (maldito,
consagrado); debía matarse a los animales y los ciudadanos; y a Rahab y a su
familia debía salvárseles la vida. Algunas veces obedecemos a Dios antes de la
batalla, pero (como Acán, cap. 7) le desobedecemos después de la victoria. Dios
les dio a los judíos una victoria total sobre Jericó porque confiaron en su
Palabra. Nótese que Rahab y su familia fueron sacados de la ciudad antes de que
se encendiera el fuego. Véanse 1 Tesalonicenses 1.10; 5.9.
Al leer el libro de Hechos usted ve cómo el «ejército espiritual» de
Dios conquistó una ciudad tras otra por fe. ¡Incluso la poderosa ciudad de Roma
cayó ante el poder del evangelio! Hoy, el pueblo de Dios necesita de nuevo
aprender a cómo capturar ciudades y este capítulo nos dice cómo.
III. La maldición del Señor (6.26–27)
El «juramento» en el versículo 26 quizás se refiere a los que
quedaron con vida, porque podían verse tentados a reconstruir la ciudad. Así
como algunos judíos querían regresar a Egipto, algunos de la familia de Rahab
tal vez querrían regresan a Jericó. Por eso Dios pone una maldición especial en
la ciudad y sobre cualquier hombre que intentara reconstruirla. Véase
Deuteronomio 13.15–18.
Esta maldición se cumplió en 1 Reyes 16.34. Durante el reinado del
perverso rey Acab, un hombre llamado Hiel de Bet-el reedificó a Jericó. Cuando
colocó los cimientos perdió a su primogénito; y al levantar las puertas, perdió
su hijo menor. ¡Qué sacrificio por una ciudad! ¡Cuán necia es la gente que
desafía a la Palabra de Dios y se rebelan contra su voluntad!
Jericó figura en el NT en varios lugares. El hombre de la parábola
del Buen Samaritano iba de Jerusalén a Jericó (Lc 10). Zaqueo era de Jericó (Lc
19.1–10); y en esa ciudad Cristo sanó al ciego Bartimeo (Mc 10.46–52). Jericó
en el NT no estaba en el sitio de la ciudad del AT, sino que era una ciudad
completamente nueva conocida por su belleza.
Algunos puntos prácticos al enfrentarnos a nuestros «Jericó»:
A. El soldado que quiere luchar en la mejor forma debe postrarse al
máximo antes de la batalla (5.13–15).
Ganamos nuestras batallas sobre nuestras rodillas y postrados ante
el Señor.
B. Nadie puede tomar una ciudad solo.
Josué tenía la leal cooperación de los sacerdotes y del pueblo, y
juntos vencieron al enemigo.
C. Cuando seguimos los métodos de Dios, Él gana la batalla y recibe
la gloria.
Es por eso que Él usa «métodos necios». Cuando usamos nuestros
propios esquemas y sistemas, tal vez consigamos la gloria pero la victoria
nunca dura.
D. La incredulidad mira a las murallas y a los gigantes (Nm
13.28ss), pero la fe mira al Señor.
«Obstáculos son aquellas cosas horrendas que vemos cuando apartamos
nuestros ojos de la meta». Y, pudiéramos añadir, cuando apartamos nuestros ojos
de nuestro Señor. Sus mandamientos son la capacitación que Él nos da.
E. Vemos la gracia de Dios que obra incluso en el juicio, porque
Rahab y su familia fueron salvos por fe.
¿Hay una sugerencia aquí de que «pocos serán salvos» cuando el
juicio de Dios finalmente caiga sobre este mundo?
Josué 7–9
La estrategia militar de Josué era penetrar en Canaán y dividir la
tierra, empezando en Jericó y continuando con Hai, Bet-el y Gabaón. Entonces
conquistaría las ciudades al sur y terminaría derrotando a las ciudades al
norte. Sin embargo, experimentó un retroceso en Hai y lo engañaron los líderes
de Gabaón.
I. La desobediencia de Acán (7)
A. Derrota (vv. 1–5).
Dios fue claro al decir que los despojos de Jericó debían ser
«consagrados» o dedicados a Él y colocados en su tesoro (6.18–19), pero Acán
desobedeció esta ley. Es posible que Josué se apresuró demasiado en su ataque a
Hai, que no esperó la dirección del Señor. Es más, actuó según la sugerencia de
los espías antes que seguir la Palabra de Dios. Más tarde Dios rechazó el plan
dado por los espías (compare 7.3 con 8.1). Hay un indicio de excesiva confianza
en estos versículos: Jericó había caído ante Israel y se sintieron confiados
pues una ciudad tan pequeña como Hai sería «cosa fácil». La autoconfianza,
dependencia en la sabiduría humana, impaciencia, falta de oración y pecado
secreto, estaban detrás de la derrota de Israel en Hai.
B. Desaliento (vv. 6–9).
Los corazones de los judíos desfallecieron (v. 5) en lugar de que lo
hicieran los corazones del enemigo (Jos 2.11). Josué y sus líderes pasaron todo
el día en oración ante el arca, ¡e incluso Josué quería «retroceder» y
contentarse con una heredad al otro lado del Jordán! Note, sin embargo, que
Josué estaba más preocupado por la gloria del Señor y el testimonio de Israel
ante las naciones paganas, que lo que estaba por el desánimo de la derrota. Es
una marca de verdadera espiritualidad cuando la gloria de Dios es lo que motiva
la vida del siervo.
C. Descubrimiento (vv. 10–18).
Dios habló severamente a su siervo: «¡Levántate! ¡Israel ha pecado!»
Por supuesto, sólo un hombre había pecado, pero esto involucraba a la nación
entera (v. 1; 1 Co 12.12ss). Es una solemne verdad que la desobediencia de una
sola persona puede causar la aflicción y fracaso de toda una nación, familia o
iglesia. Acán pensó que podía ocultar su pecado, pero Dios vio lo que hizo. Y
debido a que había «anatema» en el campamento, Dios no podía morar con su
pueblo. Esto causó la derrota en Hai. Josué y el sumo sacerdote tal vez usaron
el Urim y Tumim para determinar al culpable (Éx 28.30), o quizás echaron
suertes. «¡Sabed que vuestro pecado os alcanzará!» Acán fue descubierto y su
pecado expuesto.
D. Destrucción (vv. 19–26).
«He pecado», confesó Acán, explicando que «vio[ … ] codició[ … ] y
tomó» de los despojos de Jericó (véase Gn 3.6). No cabe duda de que los
miembros de su familia sabían del botín y participaban de su pecado. Todos
tenían que ser juzgados por su desobediencia, así que el pueblo los llevó al
valle y los apedreó. Ese lugar fue llamado «Valle de Acor» (turbación) en
memoria de la turbación que Acán trajo sobre el pueblo. Oseas 2.15 promete que
Dios hará del Valle de Acor «una puerta de esperanza» para los judíos.
Ciertamente Israel ha estado en el «valle del problema» debido a que han
rechazado a Cristo, pero un día la nación se volverá a Él y hallará esperanza.
II. La destrucción de Hai (8.1–29)
Ahora que la nación se había santificado (7.13) y su pecado juzgado,
Dios podía otra vez guiar a su pueblo a la victoria. Nótese cómo el Señor usó
la derrota para buena ventaja, porque el pueblo de Hai confiaba que podían
vencer a Israel de nuevo. Nótese también que Dios le permitió al pueblo tomar
de los despojos de Hai. Si Acán hubiera esperado unos pocos días, ¡hubiera
tenido toda la riqueza que podía cargar! Lea Mateo 6.33.
El plan era simple. Josué envió treinta mil hombres a Bet-el de
noche (v. 3) y colocó otros cinco mil entre Bet-el y Hai (v. 12). Algunos de
los soldados atacaron a Hai e hicieron que los hombres salieran de la ciudad.
En ese momento Josué dio la señal para la emboscada y sus hombres entraron en
la ciudad y la conquistaron. ¡Fue una victoria completa! Josué con su lanza en
alto, en el versículo 26, nos recuerda a Moisés manteniendo en alto sus manos
cuando Josué luchaba contra Amalec (Éx 17.8ss). Hai fue destruida al punto que
los arqueólogos hasta hoy no pueden estar seguros de su ubicación
III. La declaración de la ley (8.30–35)
Josué interrumpió su campaña militar para llevar a la nación
cincuenta kilómetros hasta Siquem en donde obedecieron los mandamientos de
Deuteronomio 27.4–6. Se nos dice que este valle es un anfiteatro natural con
maravillosa acústica. Josué puso a las tribus de Rubén, Gad, Aser, Zabulón, Dan
y Neftalí en el monte Ebal (el monte de las maldiciones); y puso a Simeón,
Leví, Judá, Isacar, Efraín, Manasés y Benjamín en el monte Gerizim (el monte de
la bendición). Josué sabía bien que la victoria de Israel y la posesión de la
tierra dependían de su obediencia a la Palabra de Dios. Era más importante que
la nación oyera la Palabra que librar cualquier otra batalla. Note que
construyó un altar (vv. 30–31), porque sin la sangre de Cristo no tenemos justicia
ante Dios. La ley los hubiera condenado y ajusticiado si hubieran dejado de
realizar los sacrificios. Debemos admirar e imitar el respeto de Josué por la
Palabra de Dios (véanse 1.8; 24.26–27; también 23.14).
IV. El engaño de los gabaonitas (9)
Las tribus paganas de Canaán estaban divididas en muchas «naciones»
pequeñas (ciudades-estados) con las ciudades clave como sus centros. Por lo
general, peleaban entre ellas, pero cuando el pueblo de Dios llegó, estos
reyezuelos se unieron para oponerse a Israel. ¡Es asombroso cómo los enemigos
se unen contra Dios! Sin embargo, el pueblo de Gabaón, la siguiente ciudad a
ser tomada, decidieron usar del engaño en lugar de la fuerza. (Satanás es tanto
león como serpiente.) Se vistieron dando la apariencia de hombres que habían
hecho un largo viaje, con viejos sacos, zapatos remendados y alimento
enmohecido, y su plan resultó. Dios le había ordenado a Israel que no hiciera
convenio con las naciones de Canaán (Dt 7), pero los gabaonitas sabían que si
lograban conseguir un pacto, Israel lo cumpliría. Mintieron cuando dijeron que
venían de un país lejano. Nótese también que no dijeron nada de las victorias
de Israel en Jericó y Hai.
Josué y los líderes fracasaron al no buscar lo que Dios pensaba
sobre el asunto; en lugar de eso, juzgaron por las apariencias. La historia de
los gabaonitas parecía razonable; era cierto que el alimento y los vestidos
parecían viejos y gastados; y todo aparentaba estar en orden. Por consiguiente,
¡Josué hizo un pacto con los hombres y entonces descubrió que eran de Gabaón!
Tres días más tarde Israel llegó a Gabaón y a sus ciudades aliadas (v. 17),
pero no pudieron atacarlas debido a su promesa. Esto causó murmuración entre el
pueblo, que a lo mejor quería más botín. Pero el pueblo de Dios no podía
retractarse de su palabra. Todo lo que Israel pudo hacer fue hacer esclavos a
los gabaonitas: los pusieron a trabajar cortando madera y sacando agua para el
servicio del tabernáculo. ¡Al menos hicieron que sus errores les sirvieran de
algún provecho!
Lo que Jericó no pudo hacer con sus murallas, ni Hai con sus armas,
los gabaonitas lo consiguieron con engaño. Satanás prueba con una artimaña tras
otra para derrotar al pueblo de Dios y debemos estar en guardia constantemente.
Nótese que casi siempre después de una gran victoria Satanás empieza sus
sutiles ataques. Fue después de la victoria en Jericó que Israel fue derrotado
en Hai y después de la victoria en Hai fue Josué engañado por Gabaón. Debemos
evitar «juzgar según la carne» (Jn 8.15) y depender de nuestra sabiduría (Pr
3.5–6). Santiago 1.5 promete que Dios nos dará sabiduría si se la pedimos. Los
cristianos deben cuidarse de las alianzas mundanas (2 Co 6.14–18). En el
capítulo 10 veremos que Josué se vio obligado a defender a sus enemigos debido
a este pacto precipitado. Moisés le advirtió a Israel en Deuteronomio 7 que la
amistad con estas naciones paganas sólo llevaría a Israel al pecado y eso fue
lo que ocurrió.
Josué 14–15
Caleb se destaca en la Biblia como un gran héroe de fe. Seis veces
se nos dice que «cumplió siguiendo al Señor» (Nm 14.24; 32.12; Dt 1.36; Jos
14.8–9, 14). Caleb fue «un vencedor» (1 Jn 2.13–14; 5.4), un hombre que lo
sometió todo al Señor y obedeció por completo su Palabra. Podemos trazar su
historia espiritual en tres etapas.
I. Caleb el que sufre
Puesto que Caleb tenía cuarenta años en Cades-barnea (Jos 14.7),
tenía que haber nacido en Egipto mientras los judíos soportaban gran
sufrimiento (Éx 1–2). Había nacido como esclavo, ¡sin embargo murió como un
héroe! En Josué 14.13–14 se indica su parentela. Algunos piensan que Caleb
(cuyo nombre significa «perro») era de parentela mixta, siendo su padre un
cenezeo y su madre de la tribu de Judá (Jos 15.13). Si es así, ¡esto hace su fe
una maravilla incluso mayor! Sin embargo, 1 Crónicas 2.18 hace a Caleb hijo de
Hezrón, descendiente de Fares (1 Cr 2.5); y esto lo pondría entre los
antepasados de Cristo (Mt 1.3). En cualquier caso, Caleb fue redimido por la
sangre del cordero pascual, libertado de Egipto y se le dio la perspectiva de
una gran herencia en Canaán. No tendría herencia bajo Josué si no hubiera
experimentado primero la redención bajo Moisés.
II. Caleb el defensor (Nm 13–14)
En estudios anteriores ya hemos hablado de la rebelión en
Cades-barnea. La nación había estado fuera de Egipto alrededor de dos años
cuando llegaron a la entrada de Canaán. En lugar de creer en la Palabra de Dios
e inmediatamente demandar su herencia, pidieron un informe de doce espías (Dt
1.21ss). Caleb y Josué estuvieron entre esos espías, lo cual muestra la
posición de confianza que ostentaban en la nación. Cuando se dieron los
informes, sólo Caleb y Josué defendieron a Moisés y animaron a la nación a
entrar en Canaán. Los diez espías menospreciaron la tierra (14.36), en tanto
que Caleb y Josué se deleitaron en ella. La nación quería regresar; los dos
hombres de fe querían avanzar. La mayoría andaba por vista; la minoría andaba
por fe. La nación rebelde veía sólo obstáculos, problemas; los líderes
creyentes veían las oportunidades, las perspectivas. ¿Cuál fue el resultado?
¡Los diez espías y la generación incrédula murió en el desierto! Pero Caleb y
Josué vivieron para entrar y disfrutar de la tierra prometida. «La mente carnal
es muerte» (Ro 8.6). Exigió valentía de Caleb erguirse en contra de toda la
nación, pero Dios le honró por ello.
III. Caleb el peregrino
Caleb no murió en el desierto, pero todavía tuvo que sufrir con la
nación incrédula durante casi cuarenta años de peregrinaje. Piense en lo que
tuvo que soportar este hombre creyente y piadoso. Cada día veía a la gente
morir y perder su herencia. Tenía que oír las murmuraciones y quejas. Este
hombre de fe tuvo que soportar la incredulidad de sus compañeros israelitas.
Amaba a Moisés, sin embargo tenía que oír a los judíos que criticaban y se
oponían a su líder.
¿Cómo pudo Caleb mantener su vida espiritual cuando estaba rodeado
de tanta carnalidad e incredulidad? ¡Su corazón estaba en Canaán! Dios le había
dado una maravillosa herencia (léase Jos 14.9–12) y aunque su cuerpo estaba en el
desierto, ¡su corazón y mente estaban en Canaán! Él es una perfecta ilustración
de Colosenses 3.1–4. Poseía lo que en Romanos 8.6 se llama la «mente
espiritual». Caleb pudo soportar las aflicciones en el desierto porque sabía
que no tenía que temer la muerte, que tenía una herencia y que Dios no le
fallaría. ¡Cuánto mucho más tenemos en Cristo! Sin embargo, nos rendimos y
fallamos con mucha facilidad en nuestro peregrinaje.
IV. Caleb el conquistador
Esto nos lleva a nuestro estudio de Josué 14–15. Josué está dándole
a cada tribu su herencia especial y Caleb viene a reclamar su parte. Le
recuerda a Josué la promesa de Dios (14.6–9), porque es únicamente en base a la
Palabra de Dios que podemos pedir nuestras bendiciones. Nótese el glorioso
testimonio de fuerza que da Caleb (14.10–11). La persona de fe es una persona
con fuerza. Cuarenta y cinco años después del fracaso de la nación en
Cades-barnea, Caleb tiene ochenta y cinco, y sin embargo ansía tomar posesión
de su herencia para la gloria de Dios. Es triste cuando los creyentes permiten
que «la vejez» los haga quejosos cuando debería hacerlos (como a Caleb)
conquistadores.
«Dame, pues, ahora este monte» (14.12). Caleb era un hombre tanto de
visión espiritual como de vitalidad espiritual, y estas dos cualidades le
condujeron a la victoria espiritual. Dios le prometió una herencia y Caleb
tenía la fe de que lo que Él le prometió podía cumplirlo (véase Ro 4.20–21).
Caleb pudo arrojar a los habitantes de su heredad (Jos 15.13–14), los mismos
«gigantes» que los diez espías incrédulos temieron (Nm 13.28, 33). La
incredulidad mira a los gigantes; la fe mira a Dios. La incredulidad depende
del «sentido común» humano; la fe descansa por completo en la Palabra de Dios.
Otoniel, sobrino de Caleb, le ayudó en una de sus conquistas (Jos
15.15–17) y se ganó la mano de la hija de Caleb como esposa. Este hombre más
tarde llegaría a ser el primer juez de Israel (Jue 3.9ss), y así continuó el
liderazgo de la familia. La hija de Caleb ilustra una maravillosa verdad espiritual.
Después de casarse con Otoniel, regresó a su padre y le pidió una bendición
adicional (15.18–19). Caleb le había dado un campo, pero ella también quería
las fuentes de agua para nutrir el campo. El cristiano debe continuar
alegremente pidiéndole al Padre una bendición mayor, en especial las «fuentes
espirituales» que derraman la vida fructífera. El campo que Dios nos da nunca
producirá fruto sin las fuentes de agua (Jn 7.37–39).
Qué diferencia hay cuando los creyentes «cumplen siguiendo al Señor»
y ejercen fe en la
Palabra. La dedicación y fe de Caleb le salvaron la vida, le
ganaron una herencia, vencieron al enemigo y le permitieron enriquecer a su
familia por muchos años. El Señor sin duda espera que los cristianos de hoy
sean conquistadores; es más, Pablo afirma que somos «¡más que vencedores!» (Ro
8.37). Josué y Caleb conquistaron con armas físicas y tomaron posesión de una
herencia material, pero nosotros conquistamos con almas espirituales (2 Co
10.3–5) para tomar posesión de nuestra herencia espiritual en Cristo (Ef 1.3).
Se espera que los cristianos sean vencedores mediante la fe en Cristo (1 Jn
5.4). Debemos vencer al mundo (1 Jn 5.5), la falsa doctrina (1 Jn 4.1–4) y al
maligno (1 Jn 2.13–14). Cristo ya venció a Satanás (Lc 11.21–22) y al mundo (Jn
16.33), de modo que sólo necesitamos tomar posesión de su victoria por fe.
Nótese en las cartas a las siete iglesias (Ap 2–3) las muchas promesas a los
que vencen. «El que venciere heredará todas las cosas», promete Apocalipsis
21.7.
Vencemos al enemigo y nos posesionamos de la herencia de la misma
manera que Caleb: (1) debemos someternos por completo al Señor; (2) debemos
saber sus promesas y creerlas; (3) debemos mantener el corazón y la mente fija
en la herencia; (4) debemos depender de Dios para obtener la victoria. «Mas
gracias sean dadas a Dios que nos da la victoria por medio de nuestro Señor
Jesucristo» (1 Co 15.57).
Josué 23–24
Por lo general pensamos de Josué como un gran soldado, y lo fue;
pero aquí lo vemos como un gran pastor con una amorosa preocupación por su
pueblo. Sirvió fielmente al Señor y a la nación; ahora se preocupaba de que el
pueblo no se apartara del Señor y perdiera su herencia. Esta era la misma
preocupación que Pedro tenía antes de morir (2 P 1.12–15) y también el apóstol Pablo
(Hch 20.13ss). Qué trágico es cuando los sacrificios de una generación obtienen
la bendición de Dios y una nueva generación llega y lo pierde todo.
I. El discurso de Josué a los líderes (23)
Josué congregó a los líderes de las tribus, tal vez en Silo (18.1).
Quería infundir en sus líderes una sincera devoción al Señor. Él moriría, pero
ellos quedarían para llevar adelante la obra. Josué quería que fueran fieles a
su Dios.
A. Un repaso del pasado (vv. 3–4).
Estos hombres habían visto las maravillas del Señor, desde el cruce
del Jordán hasta el día presente. Nótese cómo Josué le da a Dios toda la gloria
por lo que habían logrado: El Señor libró las batallas; ¡todo lo que Josué hizo
fue dividir la tierra! Es bueno que recordemos lo que Dios ha hecho por
nosotros.
B. Una promesa para el futuro (v. 5).
Los obreros de Dios cambian, pero la obra de Él sigue siendo la
misma. Josué les asegura que Dios continuará luchando por ellos y dándoles la
victoria sobre los enemigos.
C. Una responsabilidad para el presente (vv. 6–16).
Lo que Dios hace por su pueblo depende a menudo de lo que el pueblo
hace por Dios. Josué les recuerda sus responsabilidades como pueblo de Dios, y
sus palabras nos llevan de nuevo a las advertencias de Moisés en Deuteronomio
7–11. La palabra clave aquí es naciones, que se usa seis veces en los
versículos 3–13. Israel debía cuidarse de las naciones paganas de la tierra. La
única manera en que Israel podía esperar ganar la tierra y tomar posesión de su
herencia era obedeciendo la ley de Dios (véase Jos 1.7–8). Exigiría valentía
confiar en la Palabra y oponerse al enemigo, pero Dios los capacitaría.
La principal preocupación de Josué era que Israel fuera un pueblo
apartado y que no se mezclara con las naciones paganas. El versículo 7 presenta
lo negativo («para que no os mezcléis con estas naciones») y el versículo 8 lo
positivo («Mas a Jehová vuestro Dios seguiréis»). ¡Cuán necio sería adorar a
los dioses de un enemigo derrotado! Si Israel se separaba para el Señor, ¡Dios
capacitaría a un hombre para que haga el trabajo de mil! (v. 10). Tenían que
unirse o al Señor o a las naciones paganas (vv. 11–12); pero si se mezclaban
con los paganos, Dios les quitaría su bendición. El principio en el versículo
13 se aplica a todos los creyentes: cualquier pecado que permitamos que
permanezca en nuestras vidas se convertirá en trampa y espinas para nosotros.
No podemos dejar de notar el énfasis de Josué en la Palabra de Dios
(vv. 6, 14). «¡No ha faltado si una sola de todas sus buenas promesas!» (véase
1 R 8.56). Obedecer a su Palabra significa victoria y bendición; desobedecer
significa derrota y prueba. Véase Josué 1.8.
II. La apelación de Josué al pueblo (24.1–28)
Después de exhortar a los líderes, Josué convoca a todo el pueblo en
Siquem, un lugar muy querido en el corazón de Israel, puesto que aquí Dios le
prometió primero la tierra a Abraham (Gn 12.6–7). Aquí también Jacob edificó un
altar (Gn 33.20) y exhortó a su familia a que quitaran sus ídolos (Gn 35.1–4).
Aun cuando no hay «lugares sagrados» en la tierra, sí hay lugares que
despiertan recuerdos sagrados en el creyente.
Josué se preocupaba de que el pueblo no cayera en la idolatría
debido a la influencia de las naciones paganas que los rodeaban. Israel era
proclive a adorar ídolos y Josué sabía que la idolatría haría que fueran
despojados de su herencia. Así, usa varios argumentos para animarlos a
entregarse por completo al Señor.
A. La bondad de Dios en el pasado (vv. 2–13).
Josué retrocede hasta el mismo nacimiento de la nación en el llamamiento
de Abraham. Tanto Abraham como su padre eran idólatras hasta que Dios los llamó
en su gracia. («Al otro lado del río» significa «allá en el río Éufrates».
Véase también vv. 14–15.) Dios llamó a Abraham, no por su bondad, porque era un
pagano, sino debido a la gracia y amor de Dios. Dios le dio la tierra a
Abraham, Isaac y Jacob. Dios protegió a los judíos en Egipto y luego los libró
con mano poderosa. Los guió y proveyó para ellos en el desierto. Derrotó a las
naciones por causa de ellos. Los trajo a través del río Jordán a la tierra
prometida y arrojó de delante de ellos a sus enemigos. ¡Qué más podía Él haber
hecho por su pueblo! Ahora ellos habían tomado posesión de la herencia y
disfrutaban las bendiciones de la tierra. ¡Cuánto debían amar y servir al
Señor!
B. El propio ejemplo de Josué (vv. 14–15).
Israel tenía que servir a algún Dios: bien sea a los dioses de los
paganos o al verdadero Dios, Jehová. «Pero yo y mi casa», dice Josué,
«serviremos a Jehová». No sólo es estimulante, sino también esencial, que
líderes piadosos den el ejemplo en sus hogares.
C. El peligro de la disciplina (vv. 16–21).
El pueblo le asegura a Josué tres veces que servirán al Señor (vv.
16, 21, 24). Él sabía que lo que se dice con los labios no siempre es verdad en
el corazón. «Si ustedes continúan con sus ídolos», advierte, «no pueden servir
al Señor. Él es un Dios celoso; un Dios que no compartirá a su pueblo con
ningún otro dios». Les advierte que la idolatría conducirá al castigo, a la
disciplina y a la pérdida de su tierra.
D. El pacto con Dios (vv. 22–28).
Dios hizo un pacto con Israel en el Sinaí (véase Éx 20) y este pacto
lo renovó la nueva generación bajo Moisés en Deuteronomio. Pero cada generación
necesita afirmar su fidelidad a Dios, de modo que Josué renueva el pacto con el
pueblo. Escribe las palabras en el libro de la Ley y entonces levanta una piedra para recordarle
al pueblo sus votos. Esto trae a la mente las piedras levantadas cuando Israel
cruzó el Jordán (cap. 4). Somos tan proclives a olvidar, que Dios tiene que
usar recordatorios (tales como la
Cena del Señor) para mantener a su pueblo en la senda de la
obediencia. Incluso con tales recordatorios, en los años subsiguientes, los
judíos fallaron al no guardar su pacto con Dios. Léase el triste informe en
Jueces 21.25.
III. Los logros de Josué para el Señor (24.29–33)
El versículo 31 es un gran testimonio de este hombre de Dios: debido
a su liderazgo la nación sirvió al Señor y continuaría sirviéndole incluso
después de su muerte. Dios usó a Josué para lograr muchas cosas para Israel.
Les guió a cruzar el Jordán; les condujo de victoria en victoria en la tierra;
les dio su herencia. Sin duda la tumba de Josué era otro recordatorio para
Israel del poder y misericordia del Señor. Es correcto que el pueblo de Dios
recuerde a sus líderes piadosos y que imiten su fe (Heb 13.7–8).
Tres entierros aparecen en estos versículos: el de Josué, el de José
y el de Eleazar. Los hermanos de José le habían prometido sepultar sus huesos
en Canaán (Gn 50.25), de modo que los judíos se llevaron su féretro al salir de
Egipto (Éx 13.19). Esto es un cuadro de nuestra futura resurrección, porque así
como el cuerpo de José fue redimido de Egipto, nuestros cuerpos estarán un día
no sólo en reposo en su hogar apropiado, sino también serán transformados para
ser semejantes al cuerpo de Jesucristo (Flp 3.20–21). Es fácil creer que la
tumba de José también era para el pueblo un recordatorio de la fidelidad de
Dios. Dios usó a José para preservar a la nación con vida en la hambruna y él
fue fiel al Señor incluso en la tierra pagana de Egipto.
Al cerrar este libro, recordemos que Cristo es nuestro Josué
(Salvador), y que Él libra nuestras batallas y nos ayuda a tomar posesión de la
herencia.
♔Maria Silvina Ardizzi Berlari
http://llamadosareinar.jimdo.com/estudios-biblicos/
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