domingo, 29 de julio de 2012

Una carta de Dios especialmente para ti:


Una carta de Dios especialmente para ti:

Hijo mío, te conozco a perfección, se cuando estas feliz y se cuando estas triste, te he visto los últimos días como has estado meditando mucho y hasta por momento dudando de muchas cosas y hasta de tu llamado, cuando yo te llame, no te vi como eras, sino que te vi como llegarías a ser, si por un momento evalúas te darás cuenta que tu vida ahora tiene sentido. Hace dos días, te vi llorar me dolió mucho, porque no me gusta verte sufrir, no se porque, pero hay momentos que preparo especialmente para ti, en donde anhelo encontrarme contigo, pero siempre hay algo que evita el encontrarnos, hay momentos en que le pones mas atención a las cosas negativas que te rodean en lugar de venir delante de mi y contarme tus problemas, pues pese a que lo se, me gustaría mucho que me los contaras personalmente
Te he visto reír cuando has querido llorar y eso me duele mucho, se que las personas te tienen respeto y por eso tratas de demostrarles tu fortaleza, pero tu sabes muy bien que esas sonrisas muchas veces son fingidas y la verdad yo anhelo ver esas sonrisas sinceras en tu vida. ¿Por qué te sientes solo, si yo estoy contigo?, ¿Por qué dudas, cuando soy yo quien estoy ahí?
¿Recuerdas el otro día, cuando llorabas en mi presencia?, llegue en medio de un ambiente único a abrazarte y a fortalecerte, cuando me buscas de esa manera no puedo negarme a estar ahí, ¡Como quisiera mas de esos momentos!, se que el enemigo te ha metido en tu mente muchas cosas negativas que tu sabes que no son ciertas, pero no se porque razón terminas creyéndolas, ¿Acaso el es mas poderoso que Yo?
Este día solo te quiero decir algo, tu eres mi hijo, yo soy tu Padre, no te dejare, no te soltare aun cuando tu te quieras soltar, siempre estaré ahí, aun cuando sientas que estas solo, si me buscares, entonces me encontraras, cada vez que humilles tu corazón Yo estaré ahí para animarte y hacerte sentir mi presencia de una manera maravillosa. Quiero verte sonreír, quiero verte gozarte, quiero que lo que hagas lo hagas con amor, yo no te llame para sufrir, no te llame para que estés triste, te llame porque tenia un propósito lindo para ti, deja que ese propósito se cumpla, no le des ventaja al enemigo, ciérrale todas las puertas que poco a poco le has ido abriendo, si te equivocaste, trata de enmendar las cosas, si te equivocas, nuevamente enmendarlas, yo no estoy para acusarte, yo estoy para fortalecerte, para bendecirte y para darte un gozo perpetuo.
Hijo amado, tu eres mas que vencedor, Yo te di la victoria, el enemigo es un derrotado y porque sabe que es un derrotado quiere robarte a ti la victoria, no permitas que eso pase, levántate, lucha y si tropiezas, levántate nuevamente y sigue luchando, no te des por vencido, YO ESTOY CONTIGO, te amo, siempre te ame, desde antes que nacieras te puse como profeta a las naciones, no te sientas indigno porque si Yo te llame, es porque Yo te respaldare.
Ah hijo, si supieras lo mucho que te amo y lo mucho que deseo verte en victoria, nada mas te pido que confíes en mi, YO NO TE VOY A DEFRAUDAR, ¿Sabes? Te amo y te amo con amor eterno, tú eres la niña de mis ojos, ¡Vamos! ¡Arriba! ¡A luchar!, ¡No te des por vencido!!

La práctica del perdón


La práctica del perdón

Transformando heridas en cicatrices. Perdonar implica eliminar todos los sentimientos y pensamientos negativos hacia la otra persona. El resentimiento, el odio, el deseo de venganza deben desaparecer con el perdón genuino. En este sentido, perdonar es un proceso similar a la curación de una herida: al principio, está abierta, sangra fácilmente y duele. Pero, una vez se ha convertido en cicatriz, ya no duele ni sangra. El perdón es como transformar heridas abiertas en cicatrices. De esta ilustración se desprenden varios aspectos importantes.
Un proceso largo y costoso. La disposición a perdonar puede –y debería- ser inmediata; ésta es la voluntad de Dios. Pero llegar a completar el proceso emocional y moral del perdón suele llevar su tiempo. Hay un camino a recorrer desde el momento en que se decide perdonar hasta que se hace efectivo. Recordemos el caso de José en el Antiguo Testamento. Perdonó a sus hermanos (ver los emotivos pasajes de Gn. 45 y Gn. 50), pero no antes de pasar por un dilatado proceso (seguramente meses) en el que tuvo que luchar contra sus propias reacciones. Es importante, sin embargo, afirmar desde el primer momento: «estoy decidido a perdonar, aunque la curación de mis heridas requiera más tiempo».
Puedes hacerlo tú solo. El perdón puede ser unilateral: yo puedo, y debo, perdonar aunque la otra persona se muestre reacia a perdonar o ser perdonada. Puedo perdonar en la intimidad de mi corazón, en secreto, sin que la otra parte lo sepa. Este fue el caso de Esteban cuando, a punto de morir exclamó: «Señor, no les tomes en cuenta este pecado» (Hch. 7:60). Debemos estar dispuestos a perdonar aunque no se nos pida, o incluso cuando siguen ofendiéndonos.
¿Amigos de nuevo? La meta primera del perdón no es que las partes enfrentadas vuelvan a ser amigas, sino que eliminen el veneno de su corazón. Hay veces en que es imposible volver al mismo tipo de relación después de una ofensa grave. Así ocurre, por ejemplo, en algunos casos de divorcio. Dios no nos pide un ejercicio de masoquismo restaurando relaciones imposibles. La reconciliación es un resultado deseable, pero no siempre posible. Pero sí que nos pide amar al ofensor con el amor sobrenatural que es fruto del Espíritu, el agape de Cristo. Alguien dijo que el perdón es la mejor manera de librarse de los enemigos. Esta es exactamente la idea de Ro. 12:20-21.
¿Perdonar requiere olvidar? La mente humana es como un álbum de recuerdos que permanecen para siempre. No podemos esperar que el perdón borre estas memorias. Ello sería absurdo. Cuando hay perdón, el recuerdo de una experiencia dolorosa sigue ahí, pero ya no evoca sentimientos negativos u odio. La idea de la cicatriz nos ayuda a entenderlo: la cicatriz es el recuerdo de un trauma pasado; queda ahí para siempre, pero ya no duele ni sangra ni se infecta. La herida está cerrada. No podemos borrar los recuerdos de nuestra mente, pero sí podemos quitar el veneno de esos recuerdos. En realidad, recordar puede ser positivo porque nos evita repetir los mismos errores o faltas. Alguien dijo, refiriéndose al holocausto judío, que recordar es la mejor vacuna para no repetir.
El problema con la frase «yo perdono, pero no olvido», frecuente en labios de algunas personas, es que siguen albergando deseos de venganza y resentimiento en su corazón. No hay un simple recuerdo; es el recuerdo más su correspondiente dosis de veneno. Esta actitud sí es pecado.
Dios es el único que puede perdonar y al mismo tiempo olvidar porque él está fuera del tiempo «Yo, yo soy el que borro tus rebeliones... y no me acordaré de tus pecados» (Is. 43:25)

Aprendiendo a perdonar

Un antiguo proverbio latino dice: «Errar es humano, perdonar es divino». Si el perdón tiene un origen divino, ¿cómo estimular esta práctica tan importante en las relaciones humanas? El aprendizaje del perdón se fundamenta en dos grandes realidades cuya ausencia va a dificultar mucho un perdón genuino.

Ser conscientes de nuestros pecados.

Tomar conciencia de nuestras propias faltas es el requisito inicial para perdonar. Si no somos capaces de ver primero «la viga» en nuestro propio ojo, difícilmente llegaremos a perdonar al prójimo. Este fue el procedimiento que siguió Jesús en casa de Simón el fariseo (Lc. 7:36-50). Simón veía con nitidez los pecados de aquella mujer, pero estaba ciego ante sus propias faltas. Por ello, Jesús las pone al descubierto: «no me diste agua para mis pies... no me diste beso... no ungiste mi cabeza con aceite» (Lc. 7:44-46). Es interesante observar que eran pecados de omisión: Jesús no le recrimina un mal que había cometido, sino un bien que había dejado de hacer. Y es que, para Dios, tan graves son nuestros pecados de omisión como los de comisión. La reprensión del Señor a Simón apunta a un aspecto crucial: la esencia del pecado no está en el mal que le hacemos al prójimo, sino en el bien que dejamos de hacerle a Dios: dejar de darle la honra y adoración que merece (como se expresa claramente en Ro. 1:21).
Por tanto, perdonar requiere, primero, arrojar luz en los oscuros rincones de nuestra conducta y descubrir la sutileza del pecado que «mora en mí»: el egoísmo en nuestras motivaciones, la soberbia, el orgullo, el laberinto de nuestras pasiones, nuestro potencial violento, la vanidad y una lista larga de «obras de la carne» se ponen al descubierto cuando nos miramos en el espejo de la Palabra de Dios. Los seres humanos tenemos la vista muy fina para ver la «paja» del ojo ajeno, pero sufrimos miopía a la hora de descubrir nuestras faltas.
La incapacidad para reconocer el pecado propio es un gran obstáculo para perdonar porque lleva a la soberbia. Y una persona soberbia trata a los demás con tanta severidad como es indulgente consigo misma. Este fue el problema de Simón en particular y de los fariseos en general. Por ello Jesús, en otra ocasión tuvo que avergonzarles con aquel reto: «el que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en arrojar la piedra contra ella» (Jn. 8:7). Por el contrario, reconocer nuestras faltas nos pone en una situación de humildad, nos hace sentir «pobres» delante de Dios y nos lleva a exclamar la petición del Padrenuestro «perdónanos nuestras deudas (ofensas) como nosotros perdonamos a nuestros deudores (ofensores)». (Mt. 6:12)

Experimentar el perdón de Cristo

Simón tenía dificultades para aceptar y amar a la mujer pecadora no sólo por su orgullo, sino también porque él mismo no había experimentado el perdón: «aquel a quien se le perdona poco, poco ama» le dijo Jesús (Lc. 7:47). En la medida en que yo me siento deudor de Dios -conciencia de pecado- y perdonado por él, seré capaz de perdonar al prójimo.
Es cierto que el perdón no es patrimonio exclusivo de los cristianos; pero el creyente es quien está en mejores condiciones para perdonar porque él mismo lo ha experimentado. Suplicar el perdón de Cristo y recibirlo nos obliga moralmente a perdonar: «si el Señor me ha perdonado tanto a mí, ¿cómo no voy a perdonar yo tan poco a mi prójimo?» Este efecto motivador del perdón divino actúa también por la vía del ejemplo, no sólo de la obligación moral: «De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros» (Col. 3:13). ¡Qué gran privilegio y qué gran reto! Para cumplirlo contamos con el poder de su gracia.
Dr. Pablo Martínez Vila
(http://www.pensamientocristiano.com).

sábado, 28 de julio de 2012

LA SEGUNDA EPÍSTOLA DEL APÓSTOL PABLO A TIMOTEO



LA SEGUNDA EPÍSTOLA DEL APÓSTOL PABLO A TIMOTEO

Fieles a nuestra costumbre, antes de iniciar el estudio de un libro de la Biblia, es necesario dar la atención debida a los entretelones del libro en estudio.
En nuestro caso tenemos sobre la mesa la segunda epístola del apóstol Pablo a Timoteo.
En cuanto al autor de la epístola, a pesar de algunos cuestionamientos recientes en relación con la paternidad literaria, es indudable que la epístola fue escrita por el Apóstol Pablo.
El nombre de la epístola se debe a la persona a quien está dirigida. Timoteo fue un hijo espiritual del apóstol Pablo.
Para el tiempo que se escribió la segunda epístola a Timoteo, Timoteo se encontraba en la ciudad de Efeso, cumpliendo el mandato de Pablo de evitar que algunos enseñen diferente doctrina y que la congregación preste atención a fábulas y genealogías interminables, que acarrean disputas más bien que edificación.
Esto nos hace pensar en que la naciente iglesia de Cristo, en épocas tan tempranas como el primer siglo, ya se encontraba bajo el asedio de falsos maestros y falsa doctrina.
Con justa razón, J. N. Darby, ha dicho lo siguiente sobre la 2ª Epístola a Timoteo: Es una epístola que ha sido escrita con miras al fracaso y el alejamiento de los principios sobre los cuales la iglesia de Cristo fue establecida. Por eso es que un buen título para la 2ª Epístola a Timoteo, sería: Consejos para una iglesia en peligro.
Si la iglesia de Cristo estaba bajo el asedio de falsas doctrinas y falsos maestros, tan temprano en su historia como en el primer siglo, ¿Cuánto más ahora, que han pasado como veinte siglos? De modo que los consejos que da Pablo a Timoteo en su segunda epístola, deben ser cuidadosamente, leídos, estudiados, meditados, memorizados y sobre todo practicados.
Sólo así estaremos oponiéndonos a la siempre presente tendencia en la iglesia de desviarse de la sana doctrina y de la sana práctica.
En relación con las circunstancias en las que se encontraba el apóstol Pablo cuando se escribió esta carta, no eran de las mejores. Pablo estaba preso. 2ª Timoteo 1:8 dice: "Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, preso suyo, sino participa de las aflicciones por el evangelio, según el poder de Dios"
Conforme al testimonio personal de Pablo, se encontraba en calidad de prisionero. La tradición sostiene que la cárcel estaba ubicada en Roma, la capital del imperio.
Para entonces, Nerón era el emperador del Imperio Romano. Nerón es famoso por su crueldad demencial. Cuando Pablo habla en la 2ª epístola a Timoteo que estaba preso, no se está refiriendo al tiempo que estuvo preso en Roma y cuyo relato aparece en el libro de Hechos.
Un cuidadoso estudio de la vida del apóstol mostrará que después de pasar dos años enteros como prisionero en una casa alquilada en Roma con relativas libertades como el de recibir todo tipo de visitas, salió de esa prisión domiciliar y fiel a su llamado se fue a Efeso y dejó allí a Timoteo para que se encargue de vigilar la buena marcha de la iglesia en ese lugar.
Luego se dirigió a Macedonia, al norte de Grecia, desde donde escribió la primera epístola a Timoteo. Desde Macedonia partió hacia Creta en donde dejó a Tito para que supervise la iglesia en ese lugar y de allí partió hacia Nicópolis en Acaya, al sur de Grecia. Desde Macedonia o desde Nicópolis escribió la epístola a Tito. Luego partió hacia Troas, donde seguramente fue arrestado otra vez y llevado a la prisión en Roma. Allí en Roma fue finalmente decapitado.
Así es como terminó la vida de este gladiador del Evangelio. Nada ni nadie logró evitar que proclame las buenas nuevas de Salvación. Sus constantes peripecias fueron interpretadas por él como las oportunidades que le estaba dando Dios para testificar de Cristo. Su cuerpo podía haber estado tras las rejas, pero el mensaje que predicaba jamás logró detenerse.
Estando en prisión tuvo la oportunidad de hablar a todo tipo de personas, desde encumbrados reyes hasta comunes carceleros. Vistas así las cosas, entonces podemos decir con propiedad que la 2ª epístola de Pablo a Timoteo es la última epístola inspirada por el Espíritu Santo que escribió.
Desde su frío y lúgubre calabozo, Pablo reconoce que su partida de este mundo está muy cercana, y lejos de quejarse por su situación escribe las maravillosas palabras que se encuentran en 2ª Timoteo 4:6-7 donde dice: "Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida"
¡Grandioso! Es el testimonio de un hombre que no escatimó esfuerzo ni sacrificio con tal de ser fiel al llamado que Dios le había hecho en Cristo. Gran ejemplo para todos nosotros. A veces pensamos que si estamos sirviendo de corazón al Señor, el Señor debe garantizarnos al menos una relativa comodidad, digamos una vida fácil, una vida sin contratiempos, una vida sin oposición, una vida sin conflictos ni ansiedades.
Pero no es así. El apóstol Pablo es un perfecto ejemplo de alguien que a pesar de estar sirviendo al Señor de corazón, sin embargo, no estuvo rodeado de comodidad relativa. No siempre tenía recursos económicos para subsistir. A veces no tenía ni un centavo en el bolsillo. No siempre gozó de buena salud. A veces estaba muy enfermo. No siempre fue apreciado y aceptado por la gente a quien servía. A veces fue severamente atacado por los mismos a quien había extendido la mano para ayudar. No siempre vivió sin contratiempos. A veces estuvo en peligro de perder la vida por causa de Cristo. Fue azotado, calumniado, arrojado en prisión, y tantas otras cosas más.
Si Usted pensaba que por servir al Señor nunca va a tener momentos difíciles, está equivocado. Dios jamás ha prometido una vida sin contratiempos a los que le servimos. Lo que sí nos ha prometido es su poder, su gracia, su presencia, su sabiduría, para que podamos resistir firmes sin desmayar, justamente como lo hizo con el apóstol Pablo.
Bueno, hemos hablado del autor de la 2ª epístola a Timoteo, hemos hablado de las circunstancias en que se encontraba el autor, y hemos hablado del propósito general de la epístola. Nos falta hablar sobre la fecha de escritura de la epístola. Pues como ya se ha señalado, el apóstol Pablo fue martirizado poco tiempo después de que la epístola fue escrita. El verdugo que decapitó a Pablo cumplía órdenes del emperador Romano Nerón.
La historia indica que Nerón murió el 8 de Junio del año 68 después de Cristo. Se estima por tanto que la segunda epístola de Pablo a Timoteo debe haber sido escrita algún momento entre el otoño de año 67 y la primavera del año 68.
Muy bien, de todo esto se desprenden algunas cosas dignas de notar. Al leer la 2ª epístola a Timoteo, estamos prácticamente ante las últimas palabras de un hombre que tenía la certeza que su partida de este mundo estaba a la puerta. Lo que dice debe ser en extremo importante. Debemos atesorarlo en nuestro corazón y debemos ponerlo en práctica en nuestra vida.
Por otro lado, la segunda epístola de Pablo a Timoteo tiene como propósito aconsejar a la iglesia en vista del peligro que enfrenta. Ya en el primer siglo, la iglesia estaba enfrentando la influencia nociva de falsa doctrina impulsada por falsos maestros que se introducían a escondidas en la iglesia.
Tanto líderes, llámense pastores, obispos o ancianos, como los creyentes en general estaban en peligro de dejarse arrastrar por las falsas doctrinas proclamadas por los falsos maestros. Si esto estaba así en el pasado, tiene que estar con más fuerza en el presente.
La iglesia de Cristo hoy en día está amenazada por todo tipo de falsas doctrinas proclamadas por personajes con lenguaje convincente y con poderes sobrenaturales. Muchos líderes y creyentes en general, se sienten fuertemente atraídos por la enseñanza de estos falsos maestros. El discurso florido y los supuestos poderes sobrenaturales son suficientes pruebas para aceptar todo lo que enseñan y practican los falsos maestros.
Esta es la razón para que la iglesia profesante de hoy en día se halle en ese lamentable estado de postración moral y espiritual. Cuánta falta hace volver a lo básico de la palabra de Dios.
Si Usted quiere saber cómo debe funcionar la verdadera iglesia de Cristo, es necesario que ponga mucha atención a lo que el apóstol Pablo aconseja a su fiel discípulo Timoteo. Dios es tan sabio que no nos ha abandonado a nuestro propio razonamiento en cuanto a saber cómo debe funcionar su iglesia. Dios se ha preocupado por dejarnos instrucciones claras y precisas sobre el correcto funcionamiento de la iglesia de Cristo.